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SOBRE MI

Hola, soy Erina.

Siempre supe que percibía la naturaleza de una manera diferente, y al final entendí que eso era exactamente lo que vine a ofrecer al mundo.

Mis primeros recuerdos felices son probablemente en el pueblito de mi madre, en el Priorat, paseando entre viñedos las tardes de agosto, partiendo almendras junto al camino con una piedra para merendar, bañándonos en el rio y subiendo a lo alto del cerro a ver el pueblo desde el cielo. Mi madre me enseñaba los nombres de las plantas, mi padre me llevaba de excursión a descubrir el territorio y yo me fascinaba con cualquier ser vivo que encontraba.

Los años pasaron. Crecí en la ciudad, disfrutando de aquellos momentos solo en vacaciones o escapadas. Y un día, con 16 años, vi un erizo por primera vez.

Aquello lo cambió todo.

Pasé horas y horas estudiando su comportamiento, analizando sus necesidades y traduciendo todo lo que encontraba. Y en resumen, acabé fundando una asociación con el único propósito de poder seguir ayudándoles y compensar, aunque fuera un poco, todo el daño que nuestra especie les había causado.

La asociación sigue activa a día de hoy, más de 15 años hace ya, y fue esta bonita obsesión la que dio lugar a mi apodo: Erina, de Erinaceus.

Y lo más importante que aprendí en todo este proceso, curiosamente, no fue sobre erizos. Fue la importancia del ecosistema. Pues aunque fuera para conservar un único animal, debía contemplar mucho más que a él: el entorno, el agua, el clima, el resto de seres vivos,…

Ese fue mi primer acercamiento al diseño ecosistémico.

 

una casita en el bosque

Recuerdo perfectamente aquella sensación. No era desagradable, pero sí algo incómoda. El hecho de sentir que no estás exactamente donde quieres estar, sentir que hay otro lugar, otra forma de vivir, pero no tener claro donde ni cómo. Había vuelto a mi ciudad, tras unos años fuera, y conocí al amor de mi vida. Pero algo aún no encajaba…

Dos años duró la búsqueda de nuestro pedacito de tierra. Dos años viendo cientos de anuncios, visitando fincas y valorando mil detalles: ubicación, acceso, servicios, construcciones, instalaciones… y por supuesto el precio.

Y en mayo de 2014 lo encontramos. Sin agua corriente, sin luz, con una casita, una balsa y dos aljibes. Con un pedacito de campo de almendros delante y un bosque detrás. Recuerdo ver el mirador, con su mesa en el centro, los pinos alrededor, las vistas al mar y las montañas rodeándonos, y sentir:

-Es aquí

Y así, empezó la aventura.

Tras unos años reformando la casita, dejé mi trabajo, nos mudamos y me aventuré a estudiar de nuevo. Estaba fascinada por todo lo que estaba descubriendo y experimentando en nuestro nuevo hogar y quería saber más y más.

Tiempo atrás ya me había centrado en la fauna salvaje y la educación ambiental, pero esta vez empecé a interesarme también por el mundo vegetal.

Primero las especies autóctonas del mediterráneo, tan resilientes en un clima tan duro. Luego la etnobotánica, con todas esas plantas silvestres que los humanos hemos usado durante siglos como medicina, alimento o protección. De ahí a la agroecología, los bosques de alimentos y la agroforestería, el manejo del agua de lluvia y la depuración natural con plantas,…

 

Puede parecer disperso, pero es que al final ¡todo está conectado.!

Y así fue como con una alta sensibilidad al entorno y una capacidad natural para ver relaciones y patrones, encontré en la naturaleza y toda su complejidad el lugar donde permitirme ser, sentir y aportar.

Lo que empezó como curiosidad se convirtió en años de formación, experimentación y estudio.

Y lo que empezó como pasión personal acabó convirtiéndose también en profesión y vocación.

Si algo de esto te resuena,
bienvenida.

Aquí vas a empezar a ver el mundo que te rodea con otros ojos.