Pasé horas y horas estudiando su comportamiento, analizando sus necesidades y traduciendo todo lo que encontraba. Y en resumen, acabé fundando una asociación con el único propósito de poder seguir ayudándoles y compensar, aunque fuera un poco, todo el daño que nuestra especie les había causado.
La asociación sigue activa a día de hoy, más de 15 años hace ya, y fue esta bonita obsesión la que dio lugar a mi apodo: Erina, de Erinaceus.
Y lo más importante que aprendí en todo este proceso, curiosamente, no fue sobre erizos. Fue la importancia del ecosistema. Pues aunque fuera para conservar un único animal, debía contemplar mucho más que a él: el entorno, el agua, el clima, el resto de seres vivos,…
Ese fue mi primer acercamiento al diseño ecosistémico.